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Ver y no ver: discriminación y visibilidad trans en México

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Las personas trans no van por la vida con una capa de invisibilidad al estilo Harry Potter, ni poseen propiedades paranormales que las oculten del ojo humano. Si vas por la calle y te encuentras con una persona trans podrás verla con la misma sencillez con la cual ves a cualquier otra persona. ¿Por qué, entonces, es importante hablar de visibilidad?

Para Izack Zacarías, presidente de la organización Impulso Trans, la respuesta es sencilla: la visibilidad permite que nos observemos desde el lente de la diferencia y por tanto podamos percibir las problemáticas específicas de la comunidad que deben reconocerse y abordarse.

Ser invisible institucionalmente implica, entre otras cosas, que si bien los trans cuentan con el mismo derecho constitucional a la salud, hay muy pocas clínicas equipadas para los requerimientos particulares de la comunidad —el año pasado,  en la Ciudad de México se abrió la primera clínica pública especializada en personas trans—, lo cual los expone a riesgos de salud graves como disfunción hepática, cálculos biliares, hipertensión y desarrollo de tumores.

¿Podrá esta invisibilidad ser consecuencia de pertenecer a un grupo muy reducido de personas? En México se calcula que hay alrededor de 740 mil personas trans, lo cual significa que si te subieras al metro de la Ciudad de México en hora pico con una selección aleatoria de mexicanos, 9 personas trans viajarían en los vagones contigo. Si fueras a ver un partido en  el Estadio Azteca, 515 personas trans verían el partido al mismo tiempo.

No obstante, México no es un país respetuoso hacia la comunidad trans. En los últimos 5 años se han cometido 303 asesinatos contra personas de la comunidad, principalmente mujeres trans que se dedican al trabajo sexual. Esto nos coloca como segundo lugar a nivel mundial en este tipo de crímenes únicamente por detrás de Brasil de acuerdo con la organización internacional Trans Respect.

A diferencia de otros crímenes violentos contra la comunidad LGBT, como los crímenes de odio contra homosexuales, los transfeminicidios ocurren en su mayor parte en espacios públicos y con armas de fuego. La importancia de esto para Rocío Suárez, del Centro de Apoyo a las Identidades Trans,  radica en que “al ser con arma de fuego quiere decir que los perpetradores ya tenían alguna intencionalidad”.

El asesinato es la última expresión de una una cultura de estigmas y exclusión contra la población trans, pero no es la única.

El prejuicio, enemigo poco reconocido

Decir que el prejuicio mata no es una exageración ni un slogan para atraer atención.

El prejuicio contra las personas trans mata. Así, con todas sus letras.

Las víctimas de asesinato de odio son las más visibles, pero no son las únicas. Hay un enemigo silencioso que cobra también sus propias vidas: la disriminación.  De acuerdo con el Youth Suicide Research Center, entre 13 y 15 de cada 20 personas trans han intentado suicidarse —contra 3 a 6 entre la población general—. 

“Los adolescentes transgénero y cisgénero comparten algunos de los mismos factores de riesgo para los pensamientos y conductas suicidas, incluida la depresión y la desesperanza. Sin embargo, la discriminación y la victimización basadas en el género y la disforia de género aumentan aún más el riesgo de los adolescentes transgénero de tener pensamientos y comportamientos suicidas”, explica la organización.

Los intentos de suicidio no están relacionados con su situación como personas trans, sino con la discriminación que experimentan y cualquier persona podría ayudar a disminuir esta situación simplemente dirigiéndose con los pronombres que cada persona escoje, ya que un estudio hecho por investigadores de las universidades de Nueva York, Texas en Austin y la Universidad de Colombia Británica en Vancouver encontró que el respeto a los nombres y pronombres elegidos ayuda a reafirmar su identidad y reduce de manera significativa los riesgos de salud mental.

Por el contrario, las terapias de conversión han demostrado aumentar la ideación suicida y los intentos de suicidio e incluso se ha relacionado con desempleo y salarios más bajos.

El reto médico

En México, como señaló Izack Zacarías en entrevista con la Fundación Friedrich Naumann, “desgraciadamente, no hay estándares o rutas de atención para población trans” y el problema empieza desde la raíz: el personal médico recibe poca o nula capacitación para atender a personas trans durante su formación académica, lo cual dificulta el diagnóstico y cuidado efectivo de la comunidad, especialmente en lo que respecta a tratamientos hormonales, donde los profesionales de la salud están capacitados para recetar testosterona a hombres cisgénero y estrógenos a mujeres cisgénero, pero no en los procesos cruzados que la población trans requiere.

En el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), los doctores se niegan a atender problemáticas que no se encuentren dentro del “catálogo”; la población trans rara vez puede acceder a cuestiones ginecológicas, urológicas y quirúrgicas, y los medicamentos que consumen para regular sus procesos hormonales en muchas ocasiones ni siquiera están hechos para sus necesidades particulares.

“En el servicio de salud pública no han acatado aún el protocolo a la atención médica sin discriminación para personas LGBT y por lo tanto no hay un acceso directo en temas de atención médica.”

Y esa es solo la parte institucional. La atención médica se sigue viendo atravesada por la estigmatización: “por ser solo trans ya me mandaron a hacerme pruebas de VIH, por ser trans ya me mandaron a la parte psiquiátrica. Digo, la salud mental es sumamente importante, sin embargo, nos mandan buscando el ‘algo tiene, algo le pasó’; por eso nos mandan a psiquiatría a ver si sí es”, comenta Zacarías.

El principal problema, según lo señala Zacarías, es de infraestructura. En Impulso Trans han observado que en los últimos años hay cada vez más médicos interesados en capacitarse en el tema, no obstante, no pueden informarse si no saben que deben hacerlo. Es ahí donde el trabajo de visibilidad se vuelve clave.

Discriminación laboral

Hay pocas investigaciones que detallen con precisión la ocupación laboral de las personas trans en México y la mayoría no son vinculantes. Un estudio de la Embajada de Estados Unidos en México encontró que 2 de cada 10 personas trans laboran en el sector informal, un porcentaje alto tomando en cuenta que únicamente el 21.1%  cuenta con posgrado. Esta situación, según denuncian miembros de la comunidad, orilla a altos porcentajes de trabajo sexual.

Las personas que consiguen hacer cispasing —no ser reconocidos como trans— tienen menos problemas; sin embargo, en el momento en el cual se les identifica como trans, comienzan a sufrir discriminación.

Cuando logran pasar la entrevista, describe Zacarías, enfrentan otros problemas: debido a la discordancia del nombre legal y el social, a las mujeres trans se las obliga a cortarse el cabello y a los hombres trans a emplear ropa de mujer. Adicionalmente, las empresas se escudan detrás del “yo no puedo hacer que te acepten” para no atender el tema de la discriminación.

“Creo que una de las propuestas es la implementación de políticas de cero tolerancia a la discriminación, temas de capacitación, campañas de concientización y que finalmente también se atienda el problema de las personas que discriminan: tampoco queremos que los corran porque luego se van a ir a otro lado a seguir descriminando [...] mejor capacito y te doy la información para evitar que vayan a otro lado a seguir discriminando, a seguir con lo mismo.”

No hay una única solución ni una cura milagrosa. Las cuotas de inclusión orillan a los empleados a pensar que sus colegas no se encuentran ahí por mérito propio y es iluso esperar que el problema se resuelva por sí mismo. El primero de muchos pasos es la capacitación y la sensibilización que visibilicen la realidad trans como parte de una realidad cotidiana.

Ser iguales desde la diferencia

¿Se trata la diversidad de tratar a todos por igual o de comprender que en nuestra diferencia hay necesidades específicas que deben ser atendidas? Cuando hablamos de visibilidad trans no hablamos de privilegios, sino de una sociedad que atienda las necesidades propias de una población de la misma forma que lo hace con las demás.

La distinción es sutil y nos obliga a comprender cuán naturalizada tenemos la aceptación de nuestra identidad de género. Para construir una sociedad inclusiva es necesario que, como sociedad civil, empecemos a ver y a escuchar a los otros y a atender sus requerimientos del mismo modo que ellos atienden los nuestros.

“Por parte de la sociedad, pues que tengamos un camino hacia un cambio de cultura que empecemos a decostruir, a romper los estereotipos de género, una cultura de paz, una cultura donde nos podamos respetar unas a otras siendo conscientes de que las diferencias existen y que eso es lo que nos hace ser, ser más personas: aceptar la diversidad.”

Las personas trans no llevan una capa de invisibilidad. Somos nosotros los que vemos la realidad desde un filtro que no les incluye. En este día de la visibilidad trans empecemos a arrancar ese filtro reflexionando sobre nuestros propios prejuicios y preguntándonos: ¿qué puedo hacer yo para fomentar una cultura menos excluyente?