Diversidad
Mediterráneo, un mar de culturas a la medida de cada persona

Mediterranean

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© Photo/Pixabay

El mundo ha cambiado, pero no lo suficiente como para desbancar al Mar Mediterráneo como el más rico enclave de la Tierra en historia, arte, filosofía, música, literatura, ciencia y tecnología. Cuna indisputada de la civilización –incluso teniendo en cuenta la milenaria historia china-, su inmensa diversidad cultural se ha proyectado globalmente como ninguna otra. Se dice que Europa es Jerusalén más Atenas más Roma. Pero, si a esa ecuación se le añaden Estambul y el eje Tebas-Alejandría el resultado es la mayor concentración de saberes acumulados del mundo. Si algo distingue al mundo mediterráneo es precisamente la infinitud de cada una de sus culturas y, al mismo tiempo, la enorme diversidad en el interior de cada una de ellas.

Etimológicamente, Mediterráneo significa “mar entre tierras”, un inmenso lago de dos millones y medio de kilómetros cuadrados, y cuyos 3.860 kilómetros de longitud lo convierten en el mayor mar interior del mundo después del Caribe. Además de los nombres parciales que sus aguas reciben en algunos de sus enclaves, el conjunto de este gran lago ha sido designado como Mare Nostrum por los romanos, Yam Gadol (Gran Mar) por los judíos, Akdeniz (Mar Blanco) por los turcos e incluso Mittelmeer (Mar Medio) por los germanos. Antes de todos ellos, los antiguos egipcios lo denominaron Gran Verde, por la intensidad del color esmeralda que ya entonces exhibían las aguas costeras de su imperio.

Hay general coincidencia entre los historiadores en que los primeros asentamientos se produjeron en Jericó hace 9.000 años. Desde entonces, los hombres y mujeres instalados en torno a sus riberas han alumbrado civilizaciones cuyo denominador común ha sido la creatividad, la búsqueda del sentido de la vida y de la sabiduría, así como el amor por el ser humano y la naturaleza. La proyección histórica de las sucesivas civilizaciones y sus correspondientes imperios han ido de Mesopotamia a Egipto, desde la península de Anatolia y Troya hasta Macedonia, desde Esparta y Atenas en Grecia hasta Fenicia, desde Cartago hasta Roma, desde Bagdad hasta Al-Andalus, desde Bizancio hasta el Imperio Otomano, y desde Alejandría hasta Bolonia. Como bien lo resume la arquitecta, primera mujer rectora de la Politécnica de Estambul y presidenta del Consejo de Universidades del Mediterráneo, Gülsün Saglamer, no podemos imaginar la historia del mundo sin tener en cuenta a las civilizaciones egipcia, helénica romana y otomana.  

Tunisia
Tunisia © Photo/Pixabay

Una sucesiva carrera cultural por relevos

El signo más distintivo en la sucesión de tales imperios, también por supuesto culturales, ha sido la absorción del saber de la civilización relevada. La cultura helenística no reniega de la egipcia, antes bien la asume y dota de mayores atributos; la romana hace lo propio con la griega, e incluso la otomana, que provoca el mayor corte en esa sucesión de relevos, incorpora, canaliza e incluso asume en muchos casos la herencia cultural judía y cristiana.

El inmenso legado egipcio, con muestras representativas en Berlín, Londres, París o Madrid, tiene sin embargo su mejor compendio en el nuevo Museo Nacional de El Cairo, un lugar imprescindible para comprobar la grandeza de una civilización y de una cultura que prolongó su hegemonía por espacio de tres mil años. Faro asimismo de ese afán por compendiar el saber de su tiempo, la Biblioteca de Alejandría (año 300 a.C.) ha encontrado en su moderna reedición una justa réplica de aquel monumento.

Coincidió en el final de su tiempo con el esplendor de Grecia, que entre los siglos VI y IV a.C. sentó las bases de la filosofía, la literatura, el teatro y las matemáticas, desarrollando además el profundo conocimiento de la geometría, que habían implementado sucesivamente los asirios y los egipcios. Nombres como Pitágoras, Tales de Mileto, Anaximandro, Anaxímenes, Xenófanes, Hipócrates, Sócrates, Platón, Aristóteles, Eurípides, Sófocles o Esquilo están en el frontispicio de cualquier universidad o escuela de nuestros días.

5+5
5+5 Marrakech © Photo/Misión Permanente de España ante Naciones Unidas

Edad de Oro del mundo musulmán

La Edad Media, presentada curiosamente en gran parte de Europa como una larga noche oscura, fue sin embargo y en todo caso una auténtica época de esplendor para la población musulmana asentada en la ribera oriental del Mediterráneo. Las enseñanzas del Profeta Mahoma y la difusión del Corán se propagaron rápidamente desde Arabia a la práctica totalidad de Oriente Medio, Asia Menor, Persia, Norte de África y la Península Ibérica. En esta y lo que hoy es Marruecos se constituyeron los más avanzados centros culturales del Islam, en disputa con la primacía de Bagdad o Damasco. La filosofía, la literatura y las ciencias, especialmente la matemática y la astronomía experimentaron un formidable avance.

En España, sin ser el oasis que se nos quiere presentar como un modelo de convivencia a lo largo de ocho siglos, lo cierto es que las culturas  árabe, judía y cristiana se interpenetraron a lo largo de esos casi ochocientos años de coexistencia y enfrentamientos, choques que dieron como resultado la aparición de mentes tan excelsas como Avicena, Averroes, Jabir ibn Hayyan, Al Farabi, Al Biruni, Ibn Sina, Al Qushayri, Al Ghazali, Al Baghdaadi, Ibn Rushd, Jalal ad-Din Rumi y el más universal de todos, Ibn Khaldun.

Young Moroccans
Young Moroccans © Photo/Pixabay

El esplendor de ese inmenso y diverso mosaico cultural mediterráneo se propagó en gran parte a través de las universidades, una institución claramente mediterránea, tanto si se acepta su clasificación más occidentalizada como si se incorporan a la lista de los más antiguos templos del saber a las creadas en el mundo musulmán. Así, la universidad más antigua del mundo sería la de Al-Karaouine o Qarawiyyin, creada en el año 859 de nuestra era en la marroquí Fez, seguida de la egipcia de Al-Azhar (972) y la iraní de Nizamiyya (1065).  Las tres preceden en antigüedad a la de Bolonia (1088), primera en inaugurar la lista de las fundadas en la Europa cristiana: Paris, Salamanca, Oxford, Cambridge, Montpellier y Padua.

Las universidades, y los institutos, escuelas y talleres establecidos a sus expensas, fueron asimismo decisivos para la explosión creativa del Renacimiento, quizá la mayor deflagración cultural experimentada por el mundo hasta la actual globalización y expansión instantánea de los nuevos hallazgos y descubrimientos del saber.

La historia del Mediterráneo es, pues, un constante fluir y devenir, una continua y persistente transformación. Su consecuencia es no solo la integración de las culturas sino también el enaltecimiento del individuo, él mismo todo un mundo en sí.

Aquella explosión cultural, unida al impresionante salto delante de las comunicaciones marítimas de grandes distancias, propició que el Mediterráneo cediera gran parte de su protagonismo a la Europa del Norte, que irrumpió con una enorme vitalidad, irradiando las peculiaridades de su cultura a América del Norte.

Mediterranean
Mediterranean sea © Adam Grabek / Pexels

La enorme diversidad cultural, que se asienta a lo largo de los 46.000 kilómetros de costa del Mediterráneo, ha operado una gran integración, que ha dado origen a raíces y denominadores comunes en cuanto a manifestaciones como la gastronomía o la música. La ya famosa “dieta mediterránea” contiene una variada lista de productos que se cocinan y sirven en mesas de todo el mundo. De la misma manera, la fusión de ritmos y melodías hacen reconocibles a cualquier sensibilidad raíces turcas, judías, tunecinas o argelinas en composiciones musicales de una y otra orilla de este pequeño pero a la vez inmenso lago, a cuyas orillas viven ya 600 millones de personas. Son estas personas, cada una con su propia individualidad las que operan a lo largo y ancho de este mar este continuo fluir, que al cabo ha terminado por difuminar y diluir características que antes fueron estereotipos dominantes: la raza, la edad, la identidad u orientación sexual, el género, la nacionalidad, pero también el estilo, la situación sentimental, la educación, situación laboral, puesto de trabajo o tipo de organización para la que se trabaja; la personalidad, las creencias religiosas o políticas, las experiencias vitales o perspectivas de vida.

El Mediterráneo es un indiscutible espacio de libertad, en el que el potencial individual ha podido desarrollarse, aunque aún quede bastante para alcanzar su plenitud. En todo caso, la diversidad cultural ha dado por ello otro paso hacia un nuevo estadio: el de luchar por lograr hacer realidad que la múltiple diversidad individual, capaz de definir la identidad de cada persona, desemboque en su dimensión integrada como la suma de todas sus peculiaridades y atributos.