DE

Centroamérica
Ni desinformación ni silencio, calladas no nos vemos más bonitas

Artículo de opinión
Claudia Dinorah Ramírez

Claudia Dinorah Ramírez

Licenciada en Periodismo y comunicación Social

Jefa de Información del periódico salvadoreño LA PRENSA GRÁFICA

¿Cuántas veces nos hemos encontrado con alguna información que nos ha sorprendido, pero que, por alguna razón nos despierta sospecha? En los tiempos que corren dudar de todo es casi una materia obligatoria cuando vamos a opinar o a informarnos sobre algún tema en particular.

La desinformación es un jugadores extra, y fuerte, y forma parte de nuestra sociedad y de nuestro proceso comunicacional. Dudar de todo, esa es siempre mi premisa.

Sumo más de 22 años de ejercer periodismo en diferentes niveles y también en diferentes temáticas y nunca como ahora nos enfrentamos a retos tan importantes para perseguir la información e intentar comunicar. Ese intento ahora incluye desmentir, con datos, fuentes e información, lo que se cuela con tanta facilidad por las redes. 

Este ejercicio, siendo periodista, me ha puesto en el centro de los mismos ataques que trato de desmentir, con más regularidad de lo que quisiera. 

De hecho, las mujeres que ejercemos periodismo somos cada vez más víctimas de esta desinformación que nos invade, sobre todo en las redes sociales. El género, el sexo y las mentiras son en sí mismas armas contra las mujeres en las redes sociales.

El mecanismo está por demás documentado. Ha sido una búsqueda de respuestas y reacciones ante ataques orquestados que usualmente están llenos de desinformación. 

¿Por qué es imprescindible identificarlo y atacarlo? Porque además de dañar la integridad de las mujeres puede propiciar situaciones que vulneran a las sociedades. Al ser flancos de ataques, mujeres en puestos claves pueden recurrir a la autocensura como una forma de defensa, lo que solo logrará que haya silencio alrededor de temas de interés, por miedo a los ataques. 

Además, propicia que las mujeres se escondan y opinen menos, a fin de evitar que los ataques cibernéticos  las afecten emocional o mentalmente, y, en el peor de los casos, se trasladen a ataques físicos 

Como mujer, veo la desinformación en varias perspectivas. La primera, desde el daño que está provocando en nuestras sociedades. Políticos, influenciadores y gobiernos en sí mismos han creado redes para multiplicar información falsa y construir narrativas alejadas de la realidad pero que se acercan a sus intereses. 

Pero esa desinformación también ha encontrado un blanco en  las mujeres. De allí, mi segunda perspectiva y preocupación. Es diferente el uso de las campañas de desinformación contra hombres que los que se hacen contra mujeres, por ejemplo. 

En el caso de las mujeres, estas van dirigidas siempre a su físico, a su sexualidad, a su  “capacidad” de tener pareja o hijos. 

En El Salvador, donde resido, hay bastos ejemplos de ataques orquestados contra mujeres periodistas o políticas, solo por mencionar dos ejemplos. Y estas siempre han sido dirigidas a su físico o en detrimento de su seguridad física. Contra ellas también se han creado narrativas de desinformación sobre sus “financistas”, o sus intereses políticos. 

Claramente, esto ocurre en toda América Latina.  Uno de los ejemplos más explicados los tiene chequeabolivia.bo, quienes establecieron a través de un estudio, cómo las mujeres en política son objeto de ataques de manera  diferente al que podrían recibir los hombres. 

En el artículo “Noticias falsas y género: ¿Cómo se construye la imagen de las mujeres con la desinformación?” se plantean claros ejemplos de narrativas que buscan desinformar y construir historias que desacrediten a políticas. Y ese es apenas un ejemplo.

Cuando se analizan noticias falsas sobre mujeres, estas desinforman siempre sobre su vanidad, supuestos escándalos de su vida sexo-afectiva o su capacidad intelectual. Entonces una se pregunta qué clase de imagen sobre las mujeres buscan crear estas noticias falsas.

Uno de los ejemplos que retoma Chequebolivia  muestra cómo un post en Facebook aseguraba que una política boliviana había ido a una joyería reconocida y había gastado $58,000 en compra de joyas, obviamente insinuando que los fondos que se habrían utilizado para esa compra eran públicos. ChequeaBolivia, después de hacer un rastreo sobre el post y las fuentes, descubrió que tal compra no ocurrió y que por tanto el post era falso.

Sin embargo, la afectación estaba hecha. ¿A cuántos les llegará el post que indica, ahora sí, con pruebas, que esa compra era falsa? Muy pocos. 

El estudio “Creatividad Maligna: cómo el género, el sexo y las mentiras se convierten en armas contra las mujeres en la red”, publicado este año por el Wilson Center (“Malign Creativity: How Gender, Sex, and Lies are Weaponized Against Women Online” ” The Wilson Center and Moonshot CVE, 2021) retoma importantes hallazgos sobre este tema que nos ocupa. 

El abuso y la desinformación de género son armas contra las mujeres que están expuestas, ya sea por sus cargos públicos, su trabajo intelectual o por estar en medios de comunicación.

El estudio del centro Wilson retoma como ejemplo el caso contra la vicepresidenta de Estados Unidos Kamala Harris.  Destaca cómo Harris “fue objeto de una cantidad abrumadora de abusos durante la campaña electoral de 2020, con el 78 % del total de los datos recogidos dirigidos a ella. Muchos mensajes abusivos difundieron narrativas falsas y sexualizadas sobre la vicepresidenta Harris”, relata el documento. 

Los ataques no fueron similares para su compañero de fórmula. Y nunca, fueron narrativas sexualizadas como forma de ataque. 

Tanto entre las políticas, como las periodistas, estos ataques suponen un riesgo elevado de que la ya reducida participación de mujeres en espacios que tengan poder de decisión disminuya aún más. La mayoría de estos ataques queda impunes porque los países de América Latina aún no cuentan con una legislación que castigue con fuerza estos delitos. En algunos países los delitos como estos ni siquiera están tipificados. 

 Ante esta impunidad, los que crean este tipo de ataques solo se refuerzan. Y en consecuencia, las mujeres se sienten expuestas y vulnerables, se cuestionan sobre si vale la pena esta sobre exposición y el ataque. En muchos casos desmoraliza a la mujer y la aleja de los espacios de discusión en los que su opinión es relevante. 

En el caso de las periodistas, un ataque agresivo que propicie que la mujer calle erosiona la libertad de prensa, y  con ello socava la democracia. 

Una encuesta realizada por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) y el Centro Internacional para Periodistas (IJNET) (publicada en diciembre 2020) sobre la violencia en línea contra  mujeres periodistas dibuja un retrato global de la naturaleza profundamente arraigada del abuso de género, el acoso y los ataques sexualizados contra mujeres periodistas, junto con los obstáculos para encontrar soluciones efectivas.

“Un número alarmantemente alto de mujeres periodistas son ahora blanco de ataques en línea asociados con campañas de desinformación digital orquestadas. El impacto de estos ataques incluye la autocensura, la elección de alejarse de la visibilidad, un mayor riesgo de lesiones físicas y un costo grave para la salud mental. ¿Los principales perpetradores? Troles anónimos y actores políticos”, reza el documento de Unesco. 

 Las fake news se usan para reforzar la violencia de género e imaginarios sexistas,  lo que termina obstaculizando la participación de las mujeres en la política. En América Latina en general, esta narrativa de desinformación creada contra algunas mujeres, se convierte en un instrumento discursivo para construir una imagen negativa de las figuras públicas. Y Sobrevivir estos ataques es cada vez más difícil, porque entre más resiste la mujer, más agresivos se vuelven. 

 En El Salvador, uno de los casos más sonados ocurrió contra la periodista Karen Fernández, directora del espacio FOCOS, quien incluso recibió amenazas de violación sexual. Los ataques permanecieron durante días, mientras ella respondía con más periodismo. 

El estudio realizado por tres profesoras españolas: Desinformación de género: análisis de los bulos de Maldito Feminismo lo explica bien. 

“El fenómeno de la desinformación, definida por la Comisión Europea (2018) como aquella ‘información falsa, inexacta o engañosa diseñada, presentada y promovida para causar daño público intencionalmente o con fines de lucro’ genera 213 millones de euros anuales en ingresos publicitarios a través de las 20,000 páginas web identificadas como espacios de riesgo” (Global Disinformation Index, GDI, 2019). Además, la mentira pone en peligro los procesos y valores políticos democráticos: “ocho de cada diez ciudadanos consideran que se trata de un problema general para la democracia”. 

 El mismo estudio reconoce que la desinformación también está afectando a sectores como la salud, la ciencia, la educación o la economía, “superponiendo las emociones por encima de los hechos y evidencias”. Lo más preocupante, aseguran las autoras, es que el 79 % de los consultados afirma que a menudo encuentran distintos tipos de engaños en la red, pero lo más preocupante es que solo la mitad de ellos cree poder diferenciar estos contenidos de la verdad. 

“Por tanto, parece lógico  que se investigue a fondo la desinformación y considerar este fenómeno como un problema social, ya que implica daños colectivos que amenazan a la sociedad digital.”

Como mujer y como periodista, este es un tema al que le presto particular atención, un problema que busco combatir con fuerza desde mis espacios de influencia, y por el que trabajo para que la sociedad lo vea como lo veo yo, como un riesgo grave en todo nivel para nuestras sociedades. No caigamos en el juego, pero, sobre todo, nunca nos callemos.