Diálogo Mediterráneo
Tenemos que hablar con África

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African Women © Atalayar

De manera abrumadora, las informaciones que circulan en Europa acerca de África tienen connotaciones negativas, poniendo el énfasis en los asuntos de inestabilidad social y violencia organizada, sobre todo desde la perspectiva de las amenazas que los flujos migratorios derivados de estos problemas platean a los europeos. 

Siendo este sesgo entendible, poner el foco en estas, por otra parte, innegablemente reales, problemáticas tiene como consecuencia condicionar el estado de opinión de los líderes europeos, limitando de manera ostensible el alcance de las políticas hacia África.

Si antes del Siglo XXI la eterna asignatura pendiente era repensar los marcos de colaboración con África, la penetración de los intereses chinos en el continente africano nos obliga a reformular las viejas políticas, para abordar los retos con ambición real y visión estratégica.

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Cuanto más demoremos esta tarea, más irremisiblemente habrá arraigado la perniciosa influencia china, cuya forma de hacer negocios no está constreñida por el Estado de Derecho, ni el rendimiento de cuentas en las urnas. Gracias a ello, China lleva a cabo una política de inversiones internacionales que no condiciona a cambios de apertura política y liberación de sectores clave de la economía; ni las operaciones de sus entidades financieras están sujetas a las regulaciones y a los niveles de transparencia de sus equivalentes occidentales, por lo que, en la práctica, las inversiones directas chinas son más atractivas para aquellos líderes que quieren mantener el status quo, ya que disponen así de los medios materiales para consolidar su poder sin tener que adquirir compromisos para emprender reformas.

Las democracias liberales, especialmente las del viejo continente, no pueden ser meras espectadoras de estás dinámicas, que contravienen la fundamental premisa democrática de que la libertad individual avanza de manera directamente proporcional a la erosión de las fuentes de poder arbitrario. En consecuencia, es imperativo que las democracias europeas articulen una nueva tesis para África, enmarcada con coherencia en las 4D de la Demografía, el Desarrollo, los Derechos y la Defensa; elementos críticos desde los que es posible reimaginar nuestro inevitable futuro en común con un prisma holístico y realista.

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Pero no tenemos el lujo de poder perder más tiempo. China, que crece cada mes el equivalente al PIB anual de Marruecos, conoce bien la importancia de la influencia en África, y proyecta su poder económico desde el Mediterráneo,  donde ya ostenta una posición comercial dominante en el puerto de El Pireo, y está aumentando su peso específico en Trieste y Marsella, lugar elegido por Beijing para implementar el mayor centro de comercio mayorista del Mediterráneo; una plataforma comercial para pequeñas y medianas empresas de Francia, Italia, Europa del Este, África del Norte y China, incardinada en la estrategia china para lograr que la nueva ruta de la seda determine la economía mundial. Así, la implementación de estructuras de integración regional impulsando obras financiadas con capital chino, como la expansión del nuevo Canal de Suez; el desarrollo de infraestructura portuaria en Túnez, la construcción de un reactor nuclear en Sudán, y una miríada de otras iniciativas de igual calibre a lo largo y ancho de África, ha creado un sistema de corredores económicos, marítimos y terrestres, para dar salida a los mercados chinos.

Una parte clave de esta estrategia es asimismo la apertura del umbral de la puerta entre el mundo árabe y China, que estuvo cerrada durante siglos, para posibilitar un “Corredor Árabe” que augura un rápido crecimiento sin cambios de régimen, es decir, reformas económicas sin, como decíamos anteriormente, acometer reformas políticas: cambiarlo todo para que todo siga igual, la trampa lampedusiana de "modernizar sin desarrollar”.

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Cambiar estas dinámicas está lejos de ser una quimera, pero requiere de una nueva generación de líderes que tomen las riendas para uno transmitir con convicción y confianza los principios de la democracia liberal, entendida como un valor universal, no como el privilegio occidental que hay que defender con mentalidad de fortaleza incluso si el precio es dejar al resto de la humanidad en un extramuros antiliberal coreografiado desde Beijing.

Por el contrario, una estrategia de desarrollo integral para África, basada en las 4D apuntadas con anterioridad, precisa que se dé prioridad a la inversión en activos de capital intangible, en forma de capital humano, institucional y social. Así, la demografía puede jugar a favor del continente africano si cuenta con la complicidad de Europa y se ponen en marcha programas de gobernanza institucional y políticas de transformación social, pero evitando la trampa de caer en el "mimetismo isomorfo", consistente en la adopción meramente formal de organizaciones o políticas de otros países, sin llevar a cabo un desarrollo tangible de las personas y sus derechos civiles.   

¿Qué podemos entonces hacer? Desde luego, el primer paso es tratar a la sociedad africana en su conjunto sin paternalismos, ayudándoles a que se ayuden a sí mismos a transitar la senda que los lleve a establecer instituciones regionales económicas sólidas y asociaciones público-privadas dotadas de buena gobernanza. Los europeos podemos contribuir desde múltiples ángulos, por ejemplo, estableciendo vínculos universidad-empresa para garantizar la transferencia de conocimientos prácticos y tecnología europea y cadenas de valor integradas en la economía europea. En este sentido, las experiencias obtenidas como resultado del proceso de implementación del Área de Libre Comercio Euro-Mediterráneo, nacida del diálogo multilateral que propició hace ya 25 años la Declaración de Barcelona, demuestran que el cambio es posible, y representan en consecuencia una plantilla aplicable de manera gradual a escala continental.

 

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Student © Atalayar

De igual manera, la Unión Europea puede propiciar la creación de un consorcio formado por organizaciones internacionales, incluidas las Naciones Unidas, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y países del G20, para diseñar una estrategia coordinada de desarrollo económico y crecimiento sostenible y sostenido en el conjunto de África, además de fomentar asociaciones estratégicas público-privadas establecidas bilateralmente entre la UE y otros actores internacionales para atraer inversiones en proyectos empresariales y para programas de desarrollo social dotados de viviendas, redes eléctricas, sistemas sanitarios y educativos, e infraestructuras de transporte y comunicaciones.

Por último, es necesario transformar la realidad desde dentro, y de abajo a arriba, comprendiendo que las mujeres africanas han de jugar un papel activo transformando aquellos marcos mentales que restringen el pleno desarrollo de las personas en África. La mujer africana está llamada a ser un agente de cambio, porque la familia es un espacio ideal para divulgar y hacer propios los valores de la libertad personal y los derechos cívicos. Esto sólo será posible si desde Europa ayudamos a la sociedad civil africana a que encuentre su propio camino, igual que lo hicimos nosotros mismos durante cientos de años. Europa no llegó a la democracia liberal siguiendo un manual de uso, escrito por un tercero, sino a través de un largo y penoso proceso heurístico, cuyas lecciones podemos compartir con las personas africanas, no para que hagan lo que les digamos en un monólogo, sino para establecer un diálogo honesto que les permita aprender de los errores que en su día cometimos nosotros mismos, y podamos escribir juntos el guion de un futuro en común.