Dictaduras
Cuba y Nicaragua
Dawn at the mountains
© @Caizer / Getty ImagesDurante décadas, Cuba y Nicaragua han representado dos de los sistemas autoritarios más arraigados del hemisferio occidental. Aunque sus trayectorias políticas difieren, ambos regímenes se enfrentan ahora a una convergencia sin precedentes de deterioro interno, presión internacional y creciente incertidumbre sobre la sucesión política. Si bien ninguno de los dos países está al borde de una transformación democrática inmediata, ambos parecen haber entrado en un período en el que el cambio se ha vuelto más plausible que en cualquier otro momento de las últimas décadas.
Las crisis que se desarrollan en La Habana y Managua ya no son asuntos internos aislados. Su inestabilidad política, su declive económico, los flujos migratorios y sus alianzas estratégicas con Rusia y China los han convertido en cuestiones con implicaciones directas para la seguridad regional, las relaciones transatlánticas y el futuro de la democracia en América Latina.
Different Paths, Similar Destination
Los regímenes de Cuba y Nicaragua han llegado a su situación actual a través de mecanismos distintos.
Cuba está atravesando lo que mejor puede describirse como un colapso estructural. La economía ha entrado en su crisis más profunda desde el Período Especial que siguió al colapso de la Unión Soviética. La grave escasez de energía, el deterioro de los servicios públicos, la pobreza generalizada y la creciente represión política ilustran el agotamiento de un modelo económico y político que durante décadas ha dependido de patrocinadores externos en lugar de la productividad interna.
Nicaragua, por el contrario, presenta un panorama más paradójico. Si bien su economía ha seguido creciendo, gran parte de esa aparente resiliencia se sustenta en las remesas enviadas por cientos de miles de ciudadanos obligados al exilio. La estabilidad económica, por lo tanto, enmascara una profunda decadencia institucional. El régimen de Ortega y Murillo ha consolidado una dictadura cada vez más personalizada, al tiempo que recurre a la represión, la migración forzada y el desmantelamiento de instituciones independientes para conservar el poder.
A pesar de estas diferencias, ambos gobiernos dependen cada vez más de la coacción en lugar de la legitimidad.
La represión como señal de debilidad
Una de las conclusiones centrales que se desprenden de ambos análisis es que la escalada de la represión no debe interpretarse necesariamente como una prueba de fortaleza autoritaria.
En Cuba, el aumento constante del número de presos políticos, las detenciones arbitrarias y las restricciones a las libertades civiles reflejan la capacidad cada vez menor del régimen para tolerar la disidencia pública en medio del empeoramiento de las condiciones de vida.
De manera similar, Nicaragua ha desmantelado sistemáticamente a la sociedad civil mediante el encarcelamiento político, la revocación de la ciudadanía, el exilio forzado y el cierre de universidades, organizaciones religiosas y medios de comunicación independientes. En lugar de demostrar confianza, estas medidas revelan que los gobiernos intentan manejar la creciente inseguridad dentro de sus propios sistemas.
La historia sugiere que los regímenes autoritarios suelen volverse más represivos precisamente cuando perciben que su estabilidad a largo plazo está amenazada.
The Challenge of Political Succession
Una de las conclusiones centrales que se desprenden de ambos análisis es que la escalada de la represión no debe interpretarse necesariamente como una prueba de la fortaleza autoritaria.
En Cuba, el aumento constante del número de presos políticos, las detenciones arbitrarias y las restricciones a las libertades civiles reflejan la capacidad cada vez menor del régimen para tolerar la disidencia pública en medio del empeoramiento de las condiciones de vida.
De manera similar, Nicaragua ha desmantelado sistemáticamente a la sociedad civil mediante el encarcelamiento político, la revocación de la ciudadanía, el exilio forzado y el cierre de universidades, organizaciones religiosas y medios de comunicación
independientes. En lugar de demostrar confianza, estas medidas revelan que los gobiernos intentan manejar la creciente inseguridad dentro de sus propios sistemas.
La historia sugiere que los regímenes autoritarios suelen volverse más represivos precisamente cuando perciben que su estabilidad a largo plazo está amenazada.
La democracia no es algo automático
Quizás la similitud más importante entre Cuba y Nicaragua es que ambos sistemas enfrentan cuestiones de sucesión sin resolver.
En Nicaragua, la avanzada edad de Daniel Ortega ha intensificado la incertidumbre respecto a las ambiciones de Rosario Murillo de mantener el control familiar sobre el Estado. Aún no está claro si las fuerzas armadas, las élites sandinistas históricas y las estructuras del partido respaldarían plenamente dicha sucesión.
En Cuba, el liderazgo político formal parece cada vez más secundario frente al aparato militar-económico centrado en GAESA. En lugar de una transición democrática convencional, parece más probable que las negociaciones actuales den lugar a un reajuste de las élites, a menos que se incluya a actores democráticos más amplios.
En ambos casos, el mayor riesgo inmediato no es un colapso repentino.
Por el contrario, el escenario más probable es la continuidad autoritaria bajo un nuevo liderazgo.