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Elecciones en Brasil: causas, consecuencias y lo que está en juego

Autor invitado: Rafael Mendonça, analista de políticas públicas del Instituto Libertas
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El 4 de octubre, 158 millones de brasileños podrán participar en las elecciones que definirán el rumbo del país durante los próximos cuatro años. Se elegirán el presidente de la República, dos tercios del Senado, la totalidad de los 513 diputados de la Cámara de Diputados federal, los gobernadores de los 26 estados brasileños y del Distrito Federal (donde se encuentra la capital, Brasilia), así como los representantes de las asambleas legislativas estatales.

En la carrera presidencial, la polarización ha vuelto a dividir al país: por un lado está el actual presidente Lula, del Partido de los Trabajadores (PT), que estuvo encarcelado entre 2018 y 2019 por corrupción y lavado de dinero; por el otro, la familia Bolsonaro, ahora representada por Flávio Bolsonaro, hijo mayor del expresidente Jair Bolsonaro, quien se encuentra bajo arresto domiciliario por un intento de golpe de Estado.

La primera víctima de esta polarización es el debate público. Los temas más importantes del país han quedado relegados, y el factor actualmente decisivo para ganar la elección es el rechazo a Lula o a Bolsonaro, lo que tiene graves consecuencias sociales. Una vez más se observa cómo familias y amistades se rompen a causa de la división política en Brasil, y las redes sociales (Brasil figura entre sus mayores usuarios del mundo) refuerzan las cámaras de eco en las que cada grupo solo se comunica con sus propios miembros. Sin embargo, este clima no surgió recién en 2018. Durante décadas, el PT cultivó una retórica de ataques y persecución contra conservadores, grupos cristianos y empresarios, y tildó de fascista a cualquiera que se atreviera a disentir o a criticar los innumerables escándalos de corrupción del gobierno de Lula. Por ello, el bolsonarismo radical también debe entenderse como una reacción a ese entorno.

Los tres grandes desafíos de Brasil

Mientras tanto, los problemas reales del país siguen sin resolverse. El primero es la pobreza. Alrededor de 60 millones de brasileños viven en situación de pobreza o pobreza extrema, y sin crecimiento económico no hay una salida sostenible. Sin embargo, la productividad de la economía lleva prácticamente cuarenta años estancada, el país enfrenta fuertes obstáculos en sus relaciones económicas exteriores y sufre altas tasas de interés y una deuda pública que se está saliendo de control.

El segundo desafío es la inseguridad. En los últimos veinte años, Brasil registró más de un millón de homicidios, y entre 2023 y 2024 hubo más de cien robos de teléfonos celulares por hora. Esto se debe en gran medida a las bandas criminales que exportan drogas a Europa y que cada vez se afianzan más en la economía formal. Para agravar la situación, estas bandas están ampliando rápidamente su control territorial en distintas regiones, actuando como un Estado paralelo. Se estima que entre 28 y 60 millones de brasileños viven en zonas bajo el control del crimen organizado, que ya se ha infiltrado en el sistema político y en el Poder Judicial.

El tercer factor es el deterioro institucional. En los últimos años, el país ha presenciado un aumento de la censura y de la persecución política mediante procesos judiciales. Al mismo tiempo, los escándalos de corrupción, que hasta ahora afectaban principalmente a miembros del Poder Ejecutivo y del Legislativo, han alcanzado de lleno también al Poder Judicial.

Desde 2025, Brasil sigue las investigaciones sobre el mayor fraude de la historia del sistema financiero brasileño, vinculado al Banco Master. Según los resultados de las investigaciones hasta el momento, el dueño del banco habría sobornado a diputados, senadores, miembros del gobierno federal y ministros del Supremo Tribunal Federal de Brasil para poder sostener los fraudes. El caso desencadenó un escándalo de corrupción que conmocionó a la opinión pública brasileña.

Entre los ministros del Supremo Tribunal Federal mencionados en relación con las investigaciones figura Alexandre de Moraes. Su esposa habría firmado un contrato de servicios jurídicos por un valor de 131 millones de reales (unos 22 millones de euros) con el Banco Master. Dias Toffoli, exabogado del Partido de los Trabajadores, también es mencionado en relación con el caso. Su familia sería accionista de un resort que habría sido financiado con fondos obtenidos de forma fraudulenta.

Kassio Nunes Marques, ministro del Supremo Tribunal Federal y, desde abril de 2026, presidente del Tribunal Superior Electoral, también es mencionado en relación con las investigaciones. Una consultora que empleaba a su hijo recibió pagos del Banco Master. Nunes Marques niega cualquier vínculo indebido.

Además, durante el actual mandato de Lula se produjo un fraude de alrededor de 6.000 millones de reales (unos 1.000 millones de euros) en el sistema de pensiones brasileño. Las investigaciones también vinculan al hijo del presidente Lula con el caso.

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Rafael Mendonça en el evento en Berlín sobre las elecciones de Brasil

Alternativas más allá de la polarización

Ante este escenario caótico, los liberales, aunque queda poco espacio para los debates técnicos, han ofrecido en la campaña soluciones para la reconstrucción económica, social e institucional del país. El Partido Novo, cuyo candidato presidencial es Romeu Zema, exgobernador del estado de Minas Gerais, elaboró a través de su think tank, el Instituto Libertas, un documento estratégico con más de 800 propuestas para todas las áreas del gobierno federal, basado en diálogos con más de 350 expertos en gestión pública. El problema persistente es que, en un país polarizado, las ideas bien formuladas ceden ante el miedo al bando contrario y el voto táctico asfixia las alternativas.

Sobre todo entre los jóvenes se perciben señales de un deseo de renovación. Esta generación siente que, tras unos 20 años de gobiernos del Partido de los Trabajadores, el modelo de Estado defendido por Lula ha fracasado y que hoy dispone de menos oportunidades que las generaciones anteriores. Los alquileres en las grandes ciudades son extremadamente altos, los precios de los alimentos han subido en los últimos años y más del 80 % de las familias están endeudadas. Muchos, como yo, vivieron de cerca cómo la crisis de 2015 y 2016 destruyó empleos y carreras en sus familias, y la amenaza de una nueva crisis económica podría repetir ese escenario. Una señal de ello es el ascenso de Renan Santos, fundador del Movimento Brasil Livre (Movimiento Brasil Libre), que alcanza alrededor del 10 % entre los votantes de 16 a 34 años, aunque su discurso populista y violento aleja a las mujeres y a los votantes conservadores. Además, el deseo de renovación política también crece en otros grupos de electores. La candidatura de Augusto Cury, célebre autor de libros de autoayuda, ha ganado terreno en el último mes y ha alcanzado el tercer lugar en las encuestas con un discurso de reconciliación nacional.

¿Qué cabe esperar de Brasil en los próximos años con Lula o con Flávio Bolsonaro?

Una victoria de Lula probablemente aseguraría las buenas relaciones con Europa, y el acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea podría ofrecer nuevas oportunidades de cooperación. En América, sin embargo, Brasil probablemente quedaría cada vez más aislado. Lula se presenta en Europa y en los foros multilaterales como un demócrata con sensibilidad social, mientras minimiza las dictaduras del continente y las apoya financiera y políticamente; en economía, insiste en que un mayor gasto público genera prosperidad. Ante el aumento de impuestos y del gasto y una deuda creciente, el riesgo de una nueva crisis es real, y un cuarto mandato tendería a agravar aún más ese riesgo. A ello se suma que Lula no presenta propuestas para combatir a las bandas criminales, cuyo fortalecimiento ignora el actual presidente, que siempre ha considerado a los delincuentes víctimas de la sociedad y del capitalismo.

Por otro lado, una victoria de Flávio Bolsonaro tendería a alinear a Brasil con Donald Trump y los populistas de derecha internacionales, con desconfianza hacia los organismos multilaterales, pero con un acercamiento a los países vecinos gobernados por la derecha, como Argentina, Chile, Colombia, Perú y Ecuador. La lucha contra el crimen organizado probablemente lo acercaría a Abelardo de la Espriella en Colombia y a Keiko Fujimori en Perú. En economía, su equipo defiende la disciplina fiscal, la liberalización comercial y las reformas estructurales, lo que abriría a los liberales la oportunidad de una participación técnica en una coalición en torno a esa agenda, siempre que no se atrevan a criticar otras medidas de Flávio, so pena de ser perseguidos por la maquinaria digital de destrucción de reputaciones del bolsonarismo.

Sin embargo, ninguno de estos escenarios ofrece respuestas creíbles a los problemas que padece la población brasileña. Brasil necesita liberarse de la dicotomía entre dos ideologías personalistas, violentas y populistas, y volver a debatir cómo crecer, proteger a sus ciudadanos de la delincuencia, ofrecer servicios públicos de calidad y reconstruir sus instituciones. Esa es la conversación que los liberales quieren mantener con los brasileños.